domingo, 29 de mayo de 2011

Rubalcaba capo di tutti capi; las familias socialistas respetan sus zonas y cotas de poder igual que en la mafia





En realidad, siendo benévolos, los partidos cada vez se parecen más a un sociedad anónima que ni siquiera es ya de las ideas; se ha quedado sin proyectos intelectuales y sólo aspiran a controlar el poder interno y a alternarse en la gobernación del país.
Siendo malévolos, su estructura, su funcionamiento y sus intereses se parecen a las familias de la mafia, pero sin necesidad de asesinar a nadie; se trata, sólo de ejecuciones civiles en las primeras páginas de los periódicos y en los órganos del partido.
Se ha escrito ya que el PSOE ha sufrido un ERE dramático: decenas de miles de concejales, asesores, consejeros de comunidad autónomas y cargos del partido financiados con dinero público ingresan en las filas del paro como consecuencia de la pérdida electoral.
Como ocurre en la mafia, muchos publicistas de la política, fieles a su padrino, ahora dependen más que nunca de sus silencios para no perder el empleo porque queda poco por repartir.
Llegados a este punto del artículo hay que hacer algunas aclaraciones en esa España en que te fusilan esotéricamente por decir lo que piensas.

Creo que hay algunas decenas de miles de militantes honestos, herederos legítimos del partido que fundó Pablo Iglesias, que tienen sinceros compromisos políticos, que nunca han recibido nada del partido y si le han dado su ilusión, una parte de su vida en forma de trabajo comprometido sin retribución alguna y le han prestado sus sueños.

Los llamados barones son en realidad los padrinos de cada familia socialista, que se han repartido los territorios como lo hacían en el fin de Francis Ford Coppola.
Es cierto que el PSOE no tiene casinos, no trafica con droga, y no mantiene viva la prostitución; es cierto que esta metáfora o hipérbole es atrevida y puede que haya quien quiera darle la vuelta. Pero la realidad de ver a los barones y a los miembros del Comité Federal decidiendo sobre los sueños de muchos militantes en función del poder de cada familia produce dos sensaciones terribles.
La primera, este PSOE tiene una enfermedad que si no es terminal por lo menos es incurable. Le pasa como a los falsos ecologistas; quieren frenar el cambio climático pero no quieren cambiar su sistema de vida. En el PSOE saben que su electorado natural, al ver el giro a la derecha del partido, les ha dado la espalda. Y reconquistar un voto perdido es más difícil que recuperar un bolso que te han robado.

Los barones tienen coche oficial del partido, oficina con personal administrativo, y cientos de obedientes militantes pendientes de que ellos, como directores de recursos humanos del partido, les guarden un huequito. Se está mejor en el poder pero no se pasa frió en la oposición.

La segunda, nadie tiene lo que hay que tener para tomar la decisión de enfrentarse al liberalismo y los mercados para recuperar unas esencias de socialdemocracia que necesitan adaptarse a la globalización sin jugar en el campo del neoliberalismo.
En la reunión de las familias se han respetado los territorios y se ha nombrado capo di tutti capi a Rubalcaba, pero no piensan en ganar las elecciones. De momento han conseguido que cada familia conserve sin agresiones su territorio y un paréntesis para evitar el Congreso. José Luis Rodríguez Zapatero, tan joven él que sin ser promesa se ha convertido en pasado, como Vito Corleone después de ser ametrallado; en este caso, Zapatero, afortunadamente sólo ha sido acribillado por las urnas.

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